domingo, 30 de noviembre de 2008

Inteligencia emocional

Inteligencia emocional
Aprender a vivir las emociones



La mayor parte de las habilidades para conseguir una vida satisfactoria son de carácter emocional,
no intelectual



Hemos aprendido desde pequeños que el sentimentalismo (así se ha llamado al hábito de sentir a flor de piel las emociones y a mostrar en público esa forma de interpretar las vivencias) era propio de personas débiles, inmaduras, con déficit de autocontrol. Además, se ha extendido en nuestro imaginario colectivo el lugar común, machista como pocos, de que las emociones o -más aún- el llanto, pertenecen al ámbito de lo femenino.
Sin embargo, todo evoluciona y va ganando terreno la convicción de que vivir las emociones es un elemento insustituible en la maduración personal y en el desarrollo de la inteligencia.
Tenemos muy en cuenta nuestro espacio intelectual y no sólo le hemos dedicado tiempo y esfuerzo, sino que incluso la valoración que hacemos de una persona pasa, en buena medida, por sus conocimientos y habilidades intelectuales.
Desde la educación, tanto reglada como no académica, se nos ha motivado para que saquemos el máximo partido a nuestros recursos intelectuales.
Aprender a vivir es aprender a observar, analizar, recabar y utilizar el saber que vamos acumulando con el paso del tiempo. Pero convertirnos en personas maduras, equilibradas, responsables y, por qué no decirlo, felices en la medida de lo posible, nos exige también saber distinguir, describir y atender los sentimientos. Y eso significa contextualizarlos, jerarquizarlos, interpretarlos y asumirlos.
Porque cualquiera de nuestras reflexiones o actos en un momento determinado pueden verse "contaminados" por nuestro estado de ánimo e interferir negativamente en la resolución de un conflicto o en una decisión que tenemos que tomar.
Una habilidad muy especial
Mimar nuestro momento emocional, aprender a expresar los sentimientos sin agresividad y sin culpabilizar a nadie, ponerles nombre, atenderlos y saber cómo descargarlos, es uno de los ejes de interpretación de lo que nos ocurre.
Cada vez que dudamos ante una decisión, que nos proponemos comprender una situación, no hacemos estas operaciones como lo haría un ordenador o cualquier otro ingenio de inteligencia artificial, sino que  traemos todo nuestro bagaje personal.
De ahí que vivir nuestras emociones es una habilidad relacional que nos capacita como seres que se desarrollan en un contexto social.
Sólo cuando conectamos con nuestros sentimientos, los atendemos y jerarquizamos, somos capaces de empatizar con los sentimientos y circunstancias de los demás.
No es más inteligente quien obtiene mejores calificaciones en sus estudios, sino quien pone en práctica habilidades que le ayudan a vivir en armonía consigo mismo y con su entorno. La mayor parte de las habilidades para conseguir una vida satisfactoria son de carácter emocional, no intelectual.
Los profesionales más brillantes no son los que tienen el mejor expediente académico, sino los que han sabido "buscarse la vida" y exprimir al máximo sus habilidades.
Aprender a desarrollar la inteligencia emocional
Esta sociedad de las "buenas maneras" y el control social han hecho de nosotros auténticos robots de las apariencias.
En la Universidad de Málaga los doctores Fernández Berrocal y Extremera, han abordado la inteligencia emocional, como la habilidad de las personas para atender y percibir los sentimientos de forma apropiada y precisa, la capacidad para asimilarlos y comprenderlos adecuadamente y la destreza para regular y modificar nuestro estado de ánimo o el de los demás.
 En la inteligencia emocional se contemplan cuatro componentes:
-Percepción y expresión emocional. Se trata de reconocer de manera consciente qué emociones tenemos, identificar qué sentimos y ser capaces de verbalizarlas.
-Facilitación emocional, o capacidad para producir sentimientos que acompañen nuestros pensamientos. Si las emociones se ponen al servicio del pensamiento, nos ayudan a tomar mejor las decisiones y a razonar de forma más inteligente.
-Comprensión emocional. Hace referencia a entender lo que nos pasa a nivel emocional, integrarlo en nuestro pensamiento y ser conscientes de la complejidad de los cambios emocionales. Para entender los sentimientos de los demás, hay que entender los propios. Cuáles son nuestras necesidades y deseos, qué cosas, personas o situaciones nos causan determinados sentimientos, qué pensamientos generan las diversas emociones, cómo nos afectan y qué consecuencias y reacciones propician. Empatizar supone sintonizar, ponerse en el lugar del otro, ser consciente de sus sentimientos. Hay personas que no entienden a los demás no por falta de inteligencia, sino porque no han vivido experiencias emocionales o no han sabido gestionarlas. Quién no ha experimentado la ruptura de pareja o el sentimiento de orfandad por la pérdida de un ser querido, es difícil que se haga cargo de lo que sufren quienes pasan por esa situación. 
-Regulación emocional, o capacidad para dirigir y manejar las emociones de una forma eficaz. Es la capacidad de evitar respuestas incontroladas en situaciones de ira, provocación o miedo. Supone también percibir nuestro estado afectivo sin dejarnos arrollar por él, de manera que no obstaculice nuestra forma de razonar y podamos tomar decisiones de acuerdo con nuestros valores y las normas sociales y culturales.
Estas cuatro habilidades están ligadas entre sí en la medida en que es necesario ser conscientes de cuáles son nuestras emociones si queremos vivirlas adecuadamente.
Gestionar adecuadamente las emociones supone:


  • No someterlas a censura. Las emociones no son buenas o malas, salvo cuando por nuestra falta de habilidad hacen daño, a nosotros o a otras personas.



  • Permanecer atentos a las señales emocionales, tanto a nivel físico como psicológico.



  • Investigar cuáles son las situaciones que desencadenan esas emociones.



  • Designar de forma concreta los sentimientos y señalar las sensaciones que se reflejan en nuestro cuerpo, en lugar de hacer una descripción general ("estoy triste", "estoy nervioso"&).



  • Descargar físicamente el malestar o la ansiedad que nos generan las emociones.



  • Expresar nuestros sentimientos a la persona que los ha desencadenado, sin acusaciones ni malas formas y detallando qué situación o conducta es la que nos ha afectado.



  • No esperar a que se dé la situación idónea para comunicar los sentimientos, tomar la iniciativa.



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    Jaume Guinot
    Ciudadano del mundo
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    jueves, 27 de noviembre de 2008

    Errores

    Si estás haciendo cosas, cometerás errores. Si cometiste un error ¡maravilloso! Acabas de aprender algo.
    No importa dónde caíste, sino allí donde tropezaste.-Proverbio Africano

    Admite tus errores y examínalos cuidadosamente. Asume la responsabilidad y aprende de ellos.
    Los errores son excelentes maestros. Saber lo que no funcionó, puede constituir una enorme ayuda para determinar lo que sí funcionará.
    Tom Watson, el fundador de IBM, sí que comprendió el valor de los errores. Una vez, uno de sus empleados cometió un grave error, que le costó a la compañía millones de dólares. El empleado, habiendo sido convocado a la oficina de Watosn le dijo "Entiendo que Ud. quiere mi renuncia". "¿Está bromeando?" respondió Watson; "acabo de gastar diez millones de dólares en su educación".
    Las personas exitosas y efectivas aprenden a partir de todo lo que sucede, incluso de los errores.
      Cuando comentas un error, lo mejor que puedes hacer es levantar los pedazos y observar cuidadosamente lo que ha sucedido. No te lamentes. Sólo examínalo y aprende de ello. Luego aplica tus nuevos conocimientos e inténtalo de nuevo.

      Desconozco el autor


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    Jaume Guinot
    Ciudadano del mundo
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    martes, 25 de noviembre de 2008

    El circulo del 99

    EL CÍRCULO DEL NOVENTA Y NUEVE


    ¿Por qué, gordo, por qué nunca se puede estar tranquilo?
    Dime, Demián, ¿cómo te suena esto de admitir que tienes un problema que empieza "cuando todo mejora"?

    Había una vez un rey, digamos "clásico".
    ¿Qué es un rey "clásico"?
    Un rey "clásico" en un cuento, es un rey muy poderoso, que tiene una gran fortuna, un hermoso palacio, grandes manjares a su disposición, hermosas esposas, y acceso a todo lo que se le ocurra. Y a pesar de todo eso, no es feliz.
    Ah.
    Y cuanto más clásico el cuento, más infeliz el rey.
    Y este rey ¿cuán "clásico" era?
    Muy clásico.

    ¡Pobre! Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo sirviente de rey triste, era muy feliz.
    Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertar al rey contando y tarareando alegres canciones de juglares.
    Una gran sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre.
    Un día, el rey lo mandó a llamar.
    Paje –le dijo ¿cuál es el secreto? ¿Qué secreto, Majestad? ¿Cuál es el secreto de tu alegría?
    No hay ningún secreto, Alteza.
    No me mientas, paje.
    He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.
    No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.
    ¿Por qué estás siempre alegre y feliz? ¿eh? ¿por qué?
    Majestad, no tengo razones para estar triste.
    Su alteza me honra permitiéndome atenderlo.
    Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y además su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos, ¿cómo no estar feliz?.
    Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar – dijo el rey. Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.
    Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando.
    Vete, ¡vete antes de que llame al verdugo! El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación.
    El rey estaba como loco. No consiguió explicarse cómo el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.
    ¿Por qué él es feliz?
    Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.
    ¿Fuera del círculo? Así es.
    ¿Y eso es lo que lo hace feliz? No, Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.
    A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz.
    Así es.
    Y él no está.
    Así es.
    ¿Y cómo salió? ¡Nunca entró! ¿Qué círculo es ese? El círculo del 99.
    Verdaderamente, no te entiendo nada.
    La única manera para que entendieras, sería mostrártelo en los hechos.
    ¿Cómo? Haciendo entrar a tu paje en el círculo.
    Eso, obliguémoslo a entrar.
    No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.
    Entonces habrá que engañarlo.
    No hace falta, Su Majestad.
    Si le damos la oportunidad, él entrará solito, solito.
    ¿Pero él no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?
    Sí, se dará cuenta.
    Entonces no entrará.
    No lo podrá evitar.
    ¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en él y no podrá salir?
    Tal cual.
    Majestad, ¿estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?
    Sí.
    Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos. ¡99!
    ¿Qué más? ¿Llevo guardias por si acaso?
    Nada más que la bolsa de cuero.
    Majestad, hasta la noche.
    Hasta la noche.
    Así fue.
    Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la bolsa y le pinchó un papel que decía:

    Ø     ESTE TESORO ES TUYO.
    Ø     ES EL PREMIO POR SER UN BUEN HOMBRE.
    Ø     DISFRÚTALO Y NO CUENTES A NADIE CÓMO LO ENCONTRASTE.

    Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse. Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas matas lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró hacia todos lados y entró en su casa.
    Desde afuera escucharon la tranca de la puerta, y se arrimaron a la ventana para ver la escena.
    El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado sólo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido en la mesa. Sus ojos no podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas de oro! Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenía hoy una montaña de ellas para él. El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacía brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas. Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas: Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco, seis y mientras sumaba 10, 20, 30, 40, 50, 60, hasta que formó la última pila: 9 monedas! Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más.
    Luego el piso y finalmente la bolsa. "No puede ser", pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.
    Me robaron –gritó me robaron, malditos! Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba.
    Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro "sólo 99".
    "99 monedas. Es mucho dinero", pensó. Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un número completo –pensaba. Cien es un número completo pero noventa y nueve, no.
    El rey y su asesor miraban por la ventana.
    La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus, por el que asomaban sus dientes.
    El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña. Luego tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número cien? Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Sacó el cálculo.
    Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario. "Doce años es mucho tiempo", pensó. Quizás pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo por un tiempo. Y él mismo, después de todo, él terminaba su tarea en palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y recibir alguna paga extra por ello. Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero.
    ¡Era demasiado tiempo!
    Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comida todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más comida habría para vender.
    Vender.
    Vender.
    Estaba haciendo calor.
    ¿Para qué tanta ropa de invierno?  ¿Para qué más de un par de zapatos?   Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.
    El rey y el sabio, volvieron al palacio.
    El paje había entrado en el círculo del 99...
    ...Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche.  Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando y de pocas pulgas..
    ¿Qué te pasa? –preguntó el rey de buen modo.
    Nada me pasa, nada me pasa.
    Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
    Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?
    No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente.
    No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.

    Y hoy cuando hablamos, me acordaba de ese cuento del rey y el sirviente.
    Tú y yo y todos nosotros hemos sido educados en esta estúpida ideología:

    Ø     Siempre nos falta algo para estar completos, y sólo completos se puede gozar de lo que se tiene.

    Por lo tanto, nos enseñaron, la felicidad deberá esperar a completar lo que falta...
    Y como siempre nos falta algo, la idea retoma el comienzo y nunca se puede gozar de la vida... 
    Pero que pasaría si la iluminación llegara a nuestras vidas y nos diéramos cuenta, así, de golpe que nuestras 99 monedas son el cien por cien del tesoro, que no nos falta nada, que nadie se quedó con lo nuestro, que nada tiene de más redondo cien que noventa y nueve que esta es sólo una trampa, una zanahoria puesta frente a nosotros para que seamos estúpidos, para que jalemos del carro, cansados, malhumorados, infelices o resignados.

    Ø     Una trampa para que nunca dejemos de empujar y que todo siga igual...

    Ø     ...eternamente igual!....Cuántas cosas cambiarían si pudiésemos disfrutar de nuestros tesoros tal como están.

    Pero ojo, Demián, reconocer en 99 un tesoro no quiere decir abandonar los objetivos. No quiere decir conformarse con cualquier cosa.

    Porque aceptar es una cosa y resignarse es otra.

    Pero eso es parte de otro cuento.


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    Jaume Guinot
    Ciudadano del mundo
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    lunes, 17 de noviembre de 2008

    Metas

    Reflexiones - Objetivos y Metas Objetivos y Metas 

    Gran parte de nuestros fracasos y frustraciones tienen su origen, en la no concreción de metas, que nos hemos propuesto al comenzar el año.
    "¡Vaya descubrimiento!", podrá insinuar usted. Sin embargo, permítame ir un poco más allá de la superficie de las frases y los saberes previamente aprehendidos.

    Tiempo atrás me inspiró la decisión de una persona de mi conocimiento, que decidió efectuar cambios en su realidad de vida.
    Casado y con tres hijos, este hombre de edad media decidió concluir aquello que había dejado inconcluso en los años de su juventud: la finalización de su carrera universitaria.

    Con gran esmero, y no poco sacrificio, acudió a la casa de altos estudios, se informó sobre el estado de las pocas materias que le restaba aprobar y se dispuso a estudiar para concluir cada uno de los exámenes pendientes.

    ¿Cómo le fue? Luego de largos meses de estudio en los que efectuó verdaderos "malabares" para coordinar su agenda actual de vida, sin descuidar su rol como esposo, padre y empleado de una importante empresa de la ciudad, aprobó la totalidad de las materias que habían quedado pendientes, recibiendo finalmente el anhelado título de Ingeniero Civil.

    Objetivos, metas, decisiones. Un elemento conduce hacia el otro, permitiendo lograr la concreción de los sueños.

    Como mi amigo pudo comprobar, las metas no son cuestiones menores, sino que llegan a ser verdaderos peldaños que nos guían en la escalera ascendente de la vida.
    Pero no tienen ningún valor en sí mismas si las aislamos de los objetivos, hechos que sin duda llegan a ser "la meta de las metas":
    el fin hacia el cual debemos dirigir nuestros mayores y mejores esfuerzos.

    Los objetivos globales concretos
    (por ejemplo, "terminar una carrera universitaria") nos llevarán a fijarnos metas concretas de realización posible (por ejemplo, "aprobar cada uno de los exámenes pendientes", "reordenar mi cronograma diario de actividades", "dedicar menos tiempo al ocio", etc.).

    El gran rey Salomón expresó: "¡Qué tristeza da que los deseos no se cumplan! ¡Y cómo nos llena de alegría ver cumplidos nuestros deseos!" (Proverbios 13:12).

    ¿Y usted? ¿Cómo transita los primeros meses del año? Tal vez comenzó con gran ímpetu, y estableció importantes metas sobre diversos tópicos de la vida. Puede ser que esté logrando el cumplimiento de ellas, o tal vez ya se haya dado por vencido.
    Sin embargo, sea como fuere su situación, sepa que todavía está a tiempo para definir objetivos globales y afirmar metas cortas que le permitan examinar su progreso.

    Cristian Franco



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    Jaume Guinot
    Ciudadano del mundo
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    sábado, 15 de noviembre de 2008

    EL DESAFÍO DEL TRIGO

    Un día un viejo campesino fue a ver a Dios y le dijo:
    "Mira, tú puedes ser muy Dios y puedes haber creado el mundo, pero hay una cosa que tengo que decirte:
    No eres un campesino, no conoces ni siquiera el principio de la agricultura.
    Tienes algo que aprender".

    Dios dijo: ¿Cuál es tu consejo?.

    El granjero le respondió:
    "Dame un año y déjame que las cosas se hagan como yo quiero y veamos que pasa. La pobreza no existirá más.

    Dios aceptó y le concedió al campesion un año. 
    Naturalmente éste pidió lo mejor y sólo lo mejor...
    ni tormentas, ni ventarrones,
    ni peligros para el grano. 
    Todo confortable y cómodo... y él era muy feliz. 
    El trigo crecía altísimo. 
    Cuando quería sol... había sol;
    cuando quería lluvia... había tanta lluvia. 
    Ese año todo fue perfecto, ¡matemáticamente perfecto!.

    El trigo crecía tan alto que el granjero
    fue a ver a Dios y le dijo:
    "¡Mira!, esta vez tendremos tanto grano
    que si la gente no trabaja en 10 años,
    aun así tendremos comida suficiente".

    Pero hubo un problema... cuando se recogieron los granos todos estaban vacíos.
    El granjero se sorprendió y le preguntó a
    Dios: "¿Qué pasó?, ¿qué error hubo?.

    Ante tal inquietud Dios le respondió:
    "Como no hubo desafío, no hubo conflicto,
    ni fricción, como tu evitaste todo lo que era malo,
    el trigo se volvió impotente.
    Un poco de lucha es imprescindible.
    Las tormentas, los truenos, los relámpagos,
    son necesarios, porque sacuden
    el alma dentro del  trigo".

    La noche es tan necesaria como el día
    y los días de tristeza son tan esenciales
    como los días de felicidad.
    A esto se le llama lucha y esfuerzo.

    Entendiendo este secreto descubrirás
    cuan grande es la belleza de la vida,
    cuánta riqueza llueve sobre ti en todo momento, dejando de sentirte miserable
    porque las cosas no van de acuerdo con tus deseos.

    (tomado de la red)


    --
    Jaume Guinot
    Ciudadano del mundo
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    jueves, 13 de noviembre de 2008

    Enmudece

    Todo enmudece...   silenciosa,
     vas poblando el cielo,
    cerrando con gris plomo el horizonte,
    silba el viento libre entre los altos pinos
    y conmovidos entregan melodías.
    Concierto inesperado de gotas saltarinas,
    serpenteando presurosas, buscan unirse al
    gran cúmulo de aguas, resbalando al festín,
    al encuentro, de hojas secas y ramas
    que crujen al romperse.
    Plena tormenta, poderosa manifestación, 
    plateadas estrías sonoras,
    belleza imperturbable, entre luces y sombras
    se abrazan.
    Fundidos sonidos y colores, viento, lluvia, relámpago.
    ... nace el silencio, cuando de gris vienes poblando el horizonte...
    .para escucharte.


    --
    Jaume Guinot
    Ciudadano del mundo
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    domingo, 9 de noviembre de 2008

    ALUMBRANDO A OTROS

    ALUMBRANDO A OTROS 
    Hace cientos de años, había un hombre en una ciudad de Oriente. Un hombre que una noche caminaba por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida. La ciudad era muy oscura en las noches sin luna como aquella.
    En determinado momento, se encuentra con un amigo.
    El amigo lo mira y de pronto lo reconoce Se da cuenta de que es Guno, el ciego del pueblo entonces, le dice: ¿Que haces Guno, tú ciego, con una lámpara en la mano? Si tú no ves...
    Entonces, el ciego le responde:
    -Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí... No sólo es importante la luz que me sirve a mí sino también la que yo uso para que otros puedan también servirse de ella.
    ¿No sabes que alumbrando a otros, también me beneficio yo, pues evito que me lastimen otros que no podrían verme en la oscuridad?
    Cada uno de nosotros puede alumbrar el camino para uno y para que sea visto por otros, aunque uno aparentemente no lo necesite.


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    Jaume Guinot
    Ciudadano del mundo
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