lunes, 20 de abril de 2009

Mi estrella eterna

Tumbado sobre la arena mojada de un acantilado, vi por primera vez una estrella fugaz. Hacía años que planeaba pedir un deseo al verla. ¿Sería verdad que cumplía deseos? No lo sabía, pero tampoco perdía nada por intentarlo. Siempre había soñado con caer tan elegantemente como una estrella fugaz. Pero, ¿cómo iba a hacerlo si no había visto una caer?

Aunque sólo fue un momento, me dio tiempo de observarla bien: volaba a una velocidad constante, como si su energía emanara serenidad, mientras se acercaba cada vez más a perderse tras la montaña. Me pareció que esa estrella no estaba muerta, sino viva, más viva que nunca, y que había salido de viaje al cielo de otros universos para que la vida pudiera asombrarse de su bella curiosidad.

Es una estrella fugaz y una estrella eterna, porque en el momento en que se observa no vuelve a pasar y se queda grabado, circulando, para la vida que nunca se va. Ni siquiera un agujero negro puede hacer que su existencia desaparezca.

De repente comprendí que era así como deseaba vivir: como una estrella de fugaz eternidad. ¿Cuántas cosas me quedan aún por expresar? Moverme con fluidez; saber que cada paso que doy deja huella. Veo un porvenir donde estoy subido a una supernova que ansía salir de su sistema. Mi imaginación se abre a medida que mi negra pupila se dilata cuanta mayor luz soy capaz de asimilar.

Cierro los ojos, miro dentro y camino despacio, con prudencia, por mi universo para no cegarme. Dar tiempo al tiempo hasta fundirme con el Kosmos1. Es entonces cuando despierto al mundo y vuelvo al acantilado, donde la brisa pasa por mi rostro como ha pasado por otros. Su leve roce hace que se disperse polvo de estrellas de mi piel.

1 Kosmos (del griego): los griegos creían que el Cosmos, escrito con /k/, tenía una conciencia propia, ordenada e inteligente.

Jaume Guinot
Ciudadano del mundo
http://www.adaip.es

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