lunes, 22 de marzo de 2010

Las heridas que dejan las palabras

Érase una vez un chico con mal carácter.  Su padre le dió un saco de clavos y le dijo que clavara uno en la verja del jardín cada vez que perdiera la paciencia o se enfadara con alguien. El  primer día clavó 37 clavos. Durante  las semanas siguientes se concentró en  controlarse y día a día disminuyó la  cantidad de clavos nuevos en la verja.  Había descubierto que era más fácil  controlarse que clavar clavos. Finalmente  llegó un día en el que ya no  clavaba ningún nuevo clavo.  Entonces  fué a ver a su padre para explicárselo. Su  padre le dijo que era el momento  de quitar un clavo por cada día  que no perdiera la paciencia.  Los  días pasaron y finalmente el chico pudo  decir a su padre que había quitado  todos los clavos de la verja. El  padre condujo a su hijo hasta la  verja y le dijo: « Hijo mío, te  has comportado muy bien, pero mira todos  los agujeros que han quedado en la  verja ». Ya  nunca será como antes.  Cuando discutes  con alguien y le dices cualquier cosa  ofensiva le dejas una herida como ésta. Puedes  clavar una navaja a un hombre y después  retirarla, pero siempre quedará la herida.   No importan las veces que le pidas  perdón, la herida permanecerá. Una herida  provocada con la palabra hace tanto daño  como una herida física.

Jaume Guinot
Gabinete de Psicologia - Colegiado 17674
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