viernes, 2 de abril de 2010

LA SOLEDAD DE UN ANCIANO

Sentado en una banqueta, con los pies descalzos sobre las baldosas
rotas de la vereda, su gorra marrón ya gastada, su bigote blanco y
sus arrugadas manos sosteniendo un bastón viejo de madera, cuyo
mango estaba envuelto con un trapo blanco lleno de las marcas
propias del uso de años; sus pantalones, que arremangados dejaban
libres sus pantorrillas, y una camisa blanca con flecos del tiempo,
mal abotonada, y un chaleco de lana, tejido seguramente a mano;
miraba la nada, desde la precisa y envidiable perspectiva que da la
experiencia.

El viejo lloró, y en su única lágrima expresó tanto, que me fue muy
difícil acercarme, preguntarle, o siquiera consolarlo.

Por enfrente de su casa pasé mirándolo y al cambiar su mirada
fijándola en mí, le sonreí y lo saludé con un gesto, aunque no crucé
la calle, es que no me animé, pues no lo conocía y si bien entendí,
que en la mirada de aquella lágrima demostraba una gran necesidad,
seguí mi camino, sin lograr convencerme que hacía lo correcto.

En mi camino guardé esa imagen fundida en mis recuerdos; su mirada
que encontró la mía en el infinito de la nada, ese lugar donde no se
encuentran mas que decepciones, ya que inmediata e imperdonablemente
le había negado aquellas imperiosas respuestas.

Traté de olvidarme. Caminé rápido, como escapándome. Compré un libro
y ni bien llegué a mi casa comencé a leerlo, esperando que el tiempo
borrara esa presencia.... pero esa lágrima no se borraba... "Los
viejos no lloran así por nada", me dije.

Esa noche me costó dormir, pues la conciencia no entiende de
horarios, y decidí que a la mañana del día siguiente volvería a la
casa, y conversaría con él, tal como entendí me lo había pedido; y
luego de vencer mi pena, logré dormirme.

Muy temprano desperté aquel día y como si fuera hoy, recuerdo,
preparé un termo con café, compré panecillos y muy deprisa fui a la
casa, convencido que tendríamos mucho para conversar.
Golpeé la puerta, y una voz muy rasposa me indicaba que en segundos
sería atendido.

Luego de abrir, con el necesario esfuerzo para que las rechinantes
bisagras cedieran. Salió otro hombre.
- ¿Qué desea? - Preguntó, mirándome con un gesto adusto.
- Busco al anciano que vive en esta casa. - Contesté.
- Mi padre murió ayer por la tarde - Dijo entre lágrimas.
- ¡Murió!- Dije decepcionado.
Las piernas se me aflojaron, la mente se me nubló y los ojos se me
humedecieron.
- ¿Usted quien es? - Volvió a preguntar.
- En realidad nadie - Contesté, y agregué - Ayer pasé por la puerta
de su casa, y estaba su padre sentado, vi que lloraba y a pesar de
que lo saludé no me detuve a preguntarle que le sucedía pero hoy
volví para hablar con él, aunque veo que es tarde.
- Usted es la persona de quien hablaba en su diario. - Dijo.

Extrañado por lo que me decía, lo miré pidiéndole me explicara.
- Por favor, Pase - Me dijo aún sin contestarme.
Luego de servir un poco de café, me llevó hasta donde estaba su
diario, y en la ultima hoja, solo rezaba:
"hoy me regalaron una sonrisa plena, y un saludo amable... hoy es un
día bello".

Tuve que sentarme, fue difícil de digerir aquello. Me dolió el alma
de solo pensar lo importante que hubiera sido para ese hombre que yo
cruzara aquella calle.
Me levanté lentamente y al mirar al hombre, le dije:
- Si hubiera cruzado de vereda y hubiera conversado unos instantes
con su padre...
Pero me interrumpió y con los ojos humedecidos de llanto dijo:
- Si yo hubiera venido a visitarlo al menos una vez este último año,
quizás su saludo y su sonrisa no hubieran significado tanto.





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