sábado, 4 de junio de 2011

Monstruosidad

de Cien Palabras de Jordi Cebrián
Llevaba meses haciéndolo sin que nadie sospechara sus atrocidades. Los
sábados entraba de noche en la iglesia descolgándose desde el tejado
por unas vigas de madera, abría la puerta de la sacristía, y cambiaba
el vino sacramental por vino de taberna. Se arrodillaba en medio de la
pequeña sala, rezando a dioses diferentes para que quitaran de aquel
lugar toda la fuerza, toda la magia. El domingo por la mañana se
sentaba en un banco a ver salir la gente de la iglesia, y sentía un
placer cruel en la certeza de que les había condenado a todos al
infierno.
Jaume Guinot
Ciudadano del mundo

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