martes, 27 de diciembre de 2011

Canicas Rojas

Durante los duros años de la Revolución, en un pueblo pequeño de
Aguascalientes, México, solía ir al almacén del Sr. Muro para comprar
productos frescos. La comida y el dinero faltaban y el trueque se
usaba mucho.
Un día en particular, el Sr. Muro me estaba empaquetando unas papas.
Cuando de repente me fijé en un niño pequeño, delicado de cuerpo y
aspecto, con ropa rota pero limpia que miraba atentamente una caja de
peras frescas.
Pagué mis papas pero también me sentí atraído por el aspecto de esas
peras. ¡Me encanta el dulce de pera y las papas frescas! Admirando las
peras, no pude evitar escuchar la conversación entre el Sr. Muro y el
niño.
"Hola Toño, ¿Cómo estás hoy?" "Hola Sr. Muro. Estoy bien, gracias…
solo admiraba las peras… se ven muy bien". "Sí, son muy buenas. ¿Cómo
está tu mamá?" "Bien. Cada vez más fuerte". "Bien. ¿Hay algo en que te
pueda ayudar?" "No Señor. Sólo admiraba las peras". "¿Te gustaría
llevar algunas a casa?" "No Señor. No tengo con que pagarlas".
"Bueno, qué tienes para cambiar por ellas?" "Lo único que tengo es
esto, mi canica más valiosa". "¿De veras? ¿Me la dejas ver?" "Acá
está. ¡Es una joya!" "Ya lo veo. El único problema es que ésta es azul
y a mí me gustan las rojas". "¿Tienes alguna como esta, pero roja, en
casa?" "No exactamente, pero casi". "Hagamos una cosa. Llévate esta
bolsa de peras a casa y la próxima vez que vengas muéstrame la canica
roja que tienes". "¡Claro! Gracias Sr. Muro".
La Sra. de Muro se me acercó a atenderme y con una sonrisa me dijo,
"Hay dos niños más como él en nuestra comunidad, todos en situación
muy pobre.
A Salvador le encanta hacer trueque con ellos por peras, manzanas,
tomates, o lo que sea. Cuando vuelven con las canicas rojas, y siempre
lo hacen, él decide que en realidad no le gusta tanto el rojo, y los
manda a casa con otra bolsa de mercadería y la promesa de traer una
canica color naranja o verde tal vez".
Me fui del negocio sonriendo e impresionado con este hombre. Un tiempo
después me mudé a Guadalajara pero nunca me olvidé de este hombre, los
niños y los trueques entre ellos.
Varios años pasaron, cada uno más rápidamente que el anterior.
Recientemente tuve la oportunidad de visitar unos amigos en esa
comunidad en Aguascalientes. Mientras estuve allí, me enteré que el
Sr. Muro había muerto.
Esa noche sería su velorio y sabiendo que mis amigos querían ir,
acepté acompañarlos. Al llegar a la funeraria, nos pusimos en fila
para conocer a los parientes del difunto y para ofrecer nuestro
pésame.
Delante nuestro, en la fila, había tres hombres jóvenes. Uno tenía
puesto un uniforme militar y los otros dos unos lindos trajes oscuros
con camisas blancas.
Parecían profesionales. Se acercaron a la Sra. Carmelita, quien se
encontraba al lado de su difunto esposo, tranquila y sonriendo. Cada
uno de los hombres la abrazó, la besó, conversó brevemente con ella y
luego se acercaron al ataúd.
Los ojos cafes llenos de lágrimas de la Sra. Carmelita, los siguió uno
por uno, mientras cada uno tocaba con su mano cálida, la mano fría
dentro del ataúd. Cada uno se retiró de la funeraria limpiándose los
ojos. Llegó nuestro turno y al acercarme a la Sra. De Muro le dije
quién era y le recordé lo que me había contado años atrás sobre las
canicas.
Con los ojos brillando, me tomó de la mano y me condujo al ataúd.
"Esos tres jóvenes que se acaban de ir son los tres chicos de los
cuales te hablé. Me acaban de decir cuanto agradecían los "trueques"
de Salvador.
Ahora que Chava no podía cambiar de parecer sobre el tamaño o color de
las canicas, vinieron a pagar su deuda. Nunca hemos tenido riqueza" ,
me confió, "pero ahora Salvador se consideraría el hombre más rico del
mundo".
Con una ternura amorosa levantó los dedos sin vida de su esposo.
Debajo de ellos había tres canicas rojas exquisitamente brillantes.
- No seremos recordados por nuestras palabras, sino por nuestras acciones.
Fuente : Internet
Jaume Guinot
Ciudadano del Mundo

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